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Donde rompen las horas, de Eduardo García

Para un laico, un poemario viene a ser como el breviario de los monjes. Si paseas por los claustros de la vida, con parsimonia y un libro abierto entre las manos, acabarás tropezando con una frase que te cautiva por su cadencia, por lo que tiene de indagación en los secretos del mundo, y leerás el poema completo como quien bebe de un sorbo el último cuarto de botella, y te sentirás ebrio de pasión por las palabras. Ignoro si este título se inspiró en Rompiendo las olas, el impresionante film de Lars von Trier estrenado hace más de veinte años que transmite esa misma pasión con la profundidad del mar sirviendo de eje, papel que en el poema ejerce la omnipotencia del tiempo. Amor y océano insondable en ambos casos. Por desgracia, ya no se lo podremos preguntar al poeta, que falleció prematuramente el año pasado dejando tras de sí una nutrida obra. “Desperté y he venido, / mujer de humo y distancias, mujer innumerable, / a la azul vecindad de los espacios, / el cruce en que los itinerarios…

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