domingo, 26 de marzo de 2017

El alma de las marionetas, de John Gray

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Así reza el subtítulo: “Un breve estudio sobre la libertad del ser humano”.  De ella han hablado la mayoría de los filósofos, está presente en la base de las religiones y en cualquier planteamiento moral genérico o específico. Se trata, pues, de un asunto que podríamos calificar de muchas maneras: fundamental, apasionante, espinoso, complejo, polémico, caduco, pero que de original no tiene absolutamente nada.
Sin embargo, no se puede negar que en este ensayo originalidad hay de sobra. John Gray, invirtiendo los conceptos de siempre, consigue revitalizar un tema bastante sobado a estas alturas. Para ello se vale de algunas referencias que, al menos a los profanos de la filosofía, nos parecen poco habituales. En primer lugar, el ensayo de Heinrich von Kleist titulado The Puppet Theatre, que atribuye a las marionetas una libertad de las que carecerían los bailarines humanos al no tener que esforzarse para extraer belleza de sus movimientos pues quienes están a cargo de ello son otros. Si definimos “libertad” como inexistencia de conflictos anímicos, solo la ausencia de pensamiento –así como una omnisciencia infinita– dotaría de libertad al individuo, y eso, en palabras de Kleist, no está más que al alcance de “una marioneta o un dios”.
Con un enfoque tan literario –y hasta poético– como podríamos esperar de un título así, el autor intenta demostrar su hipótesis analizando, incluso citando textualmente,  varios párrafos de la obra mencionada para considerar a continuación el pensamiento de estoicos, taoístas o adscritos a monoteísmos diversos, pues:
“Lo que los seguidores de estas tradiciones quieren por encima de todo no es disfrutar de ningún tipo de libertad ni de la facultad de elegir; lo que desean fervientemente es liberarse de tener que elegir.”
La libertad, en este caso, consistiría en un estado interno. Al sujeto le tendrá sin cuidado quien le gobierne o cualquier otra cuestión de detalle siempre que tenga sus necesidades básicas resueltas. Más o menos, esta es también la base del pensamiento gnóstico antiguo: la libertad procede de un conocimiento profundo al margen del mundo exterior. Y con algunas modificaciones es la filosofía que predomina hoy día en Occidente. Si, como afirman los científicos y cree a pies juntillas el hombre moderno, podemos dominar la naturaleza por medio de la técnica, de alguna forma hemos convertido al ser humano en dios.
Solo hay que sustituir ciencia por voluntad para encontrar la misma idea en el movimiento romántico. La encontramos en el Frankenstein de Mary Shelley y en La Eva futura de Villiers de L’Isle-Adam. Pero una creación del ser humano perpetuará forzosamente las limitaciones de aquel que le ha concebido.
Puede que erradicar el mal produzca una nueva especie, pero no la que sus inocentes creadores tienen en su cabeza. Los seres humanos se conocen demasiado poco para ser capaces de fabricar una versión superior de sí mismos.”
Un error muy común consiste en pensar que la violencia es inhumana. Pero no solo no es así sino que se halla inscrita en nuestra propia naturaleza, por eso, los intentos de erradicarla suelen generar escaladas todavía más terribles. Hasta el mito de que la especie tiende a mejorar es falso: no solo hemos sido incapaces de disminuir la destrucción sino, como la historia del siglo XX demuestra, hemos aumentado de forma exponencial nuestra potencia destructiva. Es más, la pervivencia y estabilidad de las sociedades humanas se fundamenta en la constante posibilidad de una guerra, percepción mantenida por los medios de comunicación en su rol generador de opinión pública. Mientras tanto, la globalización está acabando con la intimidad, un estado de cosas que amenaza con convertirse en una especie de fortaleza amurallada de la que, paralizados por el miedo y por la sensación de estar protegidos, ni siquiera queremos salir.
De ahí podría deducirse la existencia de una conspiración. Gray sostiene que no existe tal cosa: el ser humano actuando como actúa se mueve en una dirección determinada pero nadie, ni siquiera uno mismo, sabe exactamente por qué hace lo que hace.
“Los seres humanos pueden comportarse como marionetas, pero nadie está manejando los hilos.”
¿Quién nos sucederá en el control del planeta? No podemos saberlo, pero si estáis buscando un texto capaz de haceros reflexionar sobre estas y otras cuestiones candentes, aquí tenéis este ensayo, tan atemporal como actual y palpitante, tan teórico como indiscutiblemente pragmático.


THE SOUL OF THE MARIONETTE: A SHORT INQUIRY INTO HUMAN FREEDOM -  PUBLICACIÓN: 2015 – (EN ESPAÑA: ENSAYO SEXTO PISO) – TRADUCCIÓN: CARME CAMPS – PÁGINAS: 144

viernes, 24 de marzo de 2017

The Taqwacores, de Michael Muhammad Knight

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Lo contestatario siempre ha sido un elemento imprescindible para sacudir las polillas de una sociedad caduca y dejar que entre aire fresco, y eso solo lo puede hacer la gente joven, sangre nueva que ve la vida con otros ojos y no le duelen prendas a la hora de tirar por la ventana cualquier cosa que estorbe por mucho prestigio que tenga.
Y, si de contestación hablamos, ¿qué hay más contestatario que el punk? Un movimiento que no podemos decir que haya nacido ahora, ni mucho menos, Ha cumplido ya cuatro décadas. Pero, por una parte, siempre se está renovando: el punk de hoy, por supuesto, no es el de los años 70; por otra, lo que le caracteriza es, precisamente, su tendencia a la iconoclastia.
¿Cuál sería la línea de pensamiento más alejada del punk? Probablemente responderíais que algo muy retrógrado, encorsetado y saturado de normas. Cualquier religión, la islámica, por ejemplo.
Sí, pero en el Islam también hay jóvenes. Muchos. Y los jóvenes aman la música. También a ellos les gusta transgredir, cuestionarse lo que han recibido, relativizar las cuestiones absolutas. En definitiva, anhelan ser libres.
Los jóvenes musulmanes estadounidenses de principios de este siglo estaban buscándose a sí mismos, necesitaban un aglutinante para tanta energía que, a la vez, pudiesen conciliar con la doctrina heredada.
Entonces llegó él: Michael Muhammad Knight, un neoyorkino de procedencia irlandesa y raíces católicas que se convirtió a la religión de Mahoma, siendo todavía adolescente, tras haber descubierto a Malcom X a través de un grupo de rap. Poco después viajó a Pakistán, estudió en una mezquita de Islamabad y se sumergió en los ambientes islámicos. Pero al volver a Estados Unidos empezó a cuestionarse algunos dogmas y sintió la necesidad de verter sus dudas en un libro que tituló The Taqwacores. Así comenzó una carrera literaria y surgió el llamado punk islámico, En adelante la novela sería considerada libro de culto, algo así como El guardián entre el centeno islámico y la guía espiritual para los musulmanes de toda una generación nacida en Occidente.
La trama es sencilla pero perfectamente narrada: un chico musulmán tiene que trasladarse a la universidad de Búfalo y decide complacer a sus padres compartiendo un piso de confesión islámica reconocida, habitado por un grupo de jóvenes que convocan a la oración semanal al público que quiera acudir. Aún así, lo que finalmente encuentra es una espiral de desmadre, cuestionamiento constante del dogma, mucha fe a pesar de todo, abundante polémica y una convivencia fraternal. Allí viven y por allí desfila un conjunto de personajes a cual más curioso, con sus complejidades y vivencias a cuestas, y ninguno –ni el más dogmático ni el más libertino– elude el conflicto que se establece entre su religión y la sociedad que le rodea, La acción progresa a golpe de diálogo, se exponen y debaten toda clase de cuestiones, tanto en relación con las conductas como con el dogma en sí mismo. Si la relación entre ellos resulta entrañable, los asuntos que plantean invitan a la reflexión. Pues, aunque estemos ante un texto de aprendizaje, con un gran contenido religioso y una gran obsesión por la música, se puede disfrutar a cualquier edad, se tengan las creencias que se tengan, incluso si no nos gusta el punk.

THE TAQWACORES – PUBLICACIÓN: 2004 – (EN ESPAÑA: 2014 –EDITORIAL GINGER APE – COLECCIÓN THOMPSON & THOMPSON) – TRADUCCIÓN: JMT & B. Orzos – PÁGINAS: 370

miércoles, 22 de marzo de 2017

Día Mundial de la Poesía: 21 de marzo. ¿Puede el poema surgir de la nada? (y II)

Resumiendo: si un texto carece de ritmo, no indaga en el misterio de los seres, no se recrea en la forma de expresarse utilizando un vocabulario y una sintaxis poco habituales ni utiliza figuras retóricas nos encontramos ante lo que conocemos como lenguaje llano, el mismo que usamos para decir: “Deme medio kilo de tomates” o “Niño, bájate de ahí”. Lo podemos llamar poesía si nos da la gana, pero hablaremos con la misma propiedad que si llamamos catedral a una boca de metro.
Ahondemos un poco más en esto:

Abajo, en el agua,  / la luz reverberaba en la estela de una embarcación/ y los trazos luminosos se movían por su piel / como el reflejo de las facetas de un diamante."                                                                                                                      
¿Alguien considera lo de más arriba un texto poético? ¿Sí? Pues no lo es. Léanlo de nuevo:

Abajo, en el agua, la luz reverberaba en la estela de una embarcación, y trazos luminosos se movían por su piel como el reflejo de las facetas de un diamante.
Arturo Pérez Reverte, El club Dumas, RBA Editores, Barcelona 1994, Pag. 178

Sí, señores. Se trata de un fragmento de novela, concretamente de El club Dumas. Un párrafo que, leído en su contexto, verán que de poético no tiene nada. Es descriptivo, usa algunos términos que recrean la naturaleza, pero no muestra ningún énfasis, ninguna indagación y, desde luego, su ritmo –que lo tiene– es consustancial a la prosa. Insisto en lo que dije en la primera parte de este artículo, el hecho de cortar los renglones puede despistar a los incautos, pero el que ha aprendido a degustar poesía no se engaña con estas pirotecnias caseras.
La mayor parte de las veces no existe mala fe. El creador piensa que realmente está escribiendo un poema, y eso ocurre porque sus fuentes no pertenecen a su idioma, se trata de meras traducciones que tratan de imitar el sentido y, dentro de lo posible, también la forma. Pero ni Lorca es Lorca en chino ni Goethe, en castellano, es propiamente Goethe. El que lee traducciones –por lo demás, muy necesarias– adquiere cultura, recoge el mensaje etc, pero no está leyendo el poema que concibió su creador. Ni ese ni ningún otro.
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Franz Marc - El sueño (1912)
Pero si hablamos de poesía, es hora de que la mostremos:

La luna clava en el mar / un largo cuerno de luz. / Unicornio gris y verde / estremecido pero estático. / El cielo flota sobre el aire / como una inmensa flor de loto. / (¡Oh tú sola paseando / la última estancia de la noche!
García Lorca, Segundo aniversario. De Canciones (1921-24)

Un poema en verso libre que adapta formas tradicionales combinando versos de ocho y nueve sílabas.

Mi corazón repartido / entre la ciudad y el campo. / ¡Luminarias de la noche! / ¡Mis verdes sauces llorones! / Ay claras confiterías / de anises y de piñones! / ¡El olor a trementina, / a suave alcol de romero / del bosque! / ¡Novia azul en la baranda / de los últimos balcones! / ¡Novia del monte, / pobre!
Rafael Alberti, Marinero en tierra (1924)

Aquí el romance tradicional sirve de base para este verso libre que asocia parejas de versos.

¡Pastora de milagros! / ¿Lo sobrenatural / nació quizá contigo? / Tu vida / maneja los prodigios / tan tuyamente como / el color de tus ojos, / o tu voz o tu risa...
Pedro Salinas. Razón de amor (1936)

Esta es una silva libre en heptasílabos. Con esto no quiero decir que haya que construir los poemas basándose en esquemas rítmicos determinados: un mínimo de oído basta para sacar adelante un verdadero poema o para que el lector distinga la poesía de la prosa. El secreto está en leer, mucho y bueno, en el idioma que nos sirva de vehículo.
Y, para demostrar que la poesía no tiene por qué ser seria ni solemne, acabo con una muestra sarcástico-humorística:

Con el almejón / -ojo de mar de párpados duros- / anda el bisturí / de mi pluma Steffen mojada en carne de Taití / rezumante de sueño tsé-tsé / y voz de café. / Pero en la cerveza / radica el secreto maravilloso de la almeja, / como dice el fraile a la canonesa / ¡Ca...ram...ba! /qué frío por la escalera!
José Moreno Villa, Carambas (1931)

lunes, 20 de marzo de 2017

Día Mundial de la Poesía: 21 de marzo ¿Puede el poema surgir de la nada? (I)

Si echamos un vistazo a los nuevos autores, parece que sí, que una nueva poesía acaba de inventarse y que todo lo anterior, en lugar de servir de cimientos donde basar las innovaciones, no es más que un juguete apolillado e inservible que arrinconamos en el lugar de nuestro cerebro más alejado y lleno de telarañas o en el museo inservible de la historia.
La poesía, dicen, tiene que usar un lenguaje llano, el mismo que usamos a diario para que pueda entenderla todo el mundo. Aceptemos eso. 
Además, ha de limitarse, siempre ¿siempre? a asuntos cotidianos, nada de trascendencias, metáforas ni símbolos (fuente es fuente, relámpago es relámpago). Pero la tradición aporta una serie de tópicos o temas recurrentes (muerte, amor, carpe diem, menosprecio de corte y alabanza de aldea, fugacidad de la vida, bucolismo) que, por tratarse de cuestiones eternas, podrían añadirse a los nuevos o, al menos, todo aspirante a poeta debería ser consciente de que existen, no vaya a ser que hablemos de lo de siempre creyendo que estamos inventando la pólvora. En la misma línea, recordemos que la poesía ha hablado siempre de asuntos cotidianos aludiendo a realidades inmateriales que los trascienden, como el paisaje, los fenómenos meteorológicos, las máquinas de la revolución industrial, la ciudad, el mar y un largo etc. Se trata de los tropos, figuras retóricas que aluden a entidades abstractas, o sea, ni más ni menos que la comparación, la metáfora y el símbolo. Es decir, se puede hablar de que te aprieta el zapato de tacón que compraste ayer por la mañana y estar aludiendo a algo mucho más trascendente. Pero vale. Dejemos los significados profundos y hablemos del aquí y del ahora. Aceptemos eso también.
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Estatua de Fernándo Pessoa (Lisboa)
Por supuesto, ni hablar de combinaciones de sílabas ni de acentos, de esas cadencias que surgen, la mayoría de las veces de forma intuitiva, a base de probar y probar. más lentamente al principio, con más seguridad a medida que vamos adquiriendo experiencia. La práctica es, pues, muy importante, pero hay que contar, previamente, con buen gusto sonoro (en parte, innato y en parte, adquirido a base de buenas lecturas) y sentido del ritmo poético. Los poetas latinos tenían medidas muy estrictas a base de combinaciones de vocales largas y cortas, medidas que los poetas hispanos adaptaron a la lengua castellana creando lo que, hasta hace unos años, se conocía por poesía: una entidad que se diferencia de la prosa por su musicalidad y sonoridad, fundamentalmente. ¿Prescindimos también del ritmo? De acuerdo, derribémoslo todo. ¡Viva la libertad!
¿Qué nos queda entonces? Mmm... Pues, creo que nada. Un texto sin ritmo no es poesía, se ponga como se ponga el sursum corda. Eso para empezar. Pero recordemos que habíamos eliminado de él todo el misterio, la alusión a pensamientos y sentimientos, la magia, la revelación de ese más allá laico que nos convierte en lo que somos. Recordemos también que debemos utilizar exclusivamente términos cotidianos, cuánto más de andar por casa mejor, no sea que se pierda alguien.
Lamento decir que discrepo de principio a fin. La poesía nunca ha sido un manual de instrucciones, no sirve para armar un barco o para no perderse atravesando la Selva Negra. No hay, pues, necesidad de que la entienda todo el mundo y menos a primera vista. Hay que leerla en silencio, saborearla, repasarla, recrearse en ella, disfrutarla, empaparse de sus sonidos, enfrentarse a ese hallazgo que solo se atreve a sugerir...
Cada uno puede opinar lo que quiera, pero el término poesía alude a una realidad muy concreta, que va evolucionando pero que, como todo, tiene una esencia. Aunque llamemos a la "mesa" "coche" y a la "paella" "pinar" seguirán siendo lo que son. El panorama editorial se ha llenado de obras en prosa con los renglones cortados a las que llaman poemas y encima se lo creen. Vale. Si es cuestión de nomenclatura, las podemos llamar como queramos, pero lo que queda después de eliminar lo imprescindible no dejará de ser prosa con los renglones sin terminar, nunca versos; si no hay poesía, los versos simplemente no existen.

(Continuará)