viernes, 10 de mayo de 2013

La república mejor, de Pablo López Gómez


A mediados de los años ochenta, un muchacho, como otros miles, es llamado al servicio militar obligatorio. Lo que le ocurre es, fundamentalmente, lo que narra esta novela. En la vida real de entonces, el debate sobre la conveniencia de tener los cuarteles repletos de gente sin ninguna inclinación por el ejército, el continuo descontento de los reclutas al ver obstaculizado su futuro laboral en un momento clave de la vida, así como las crecientes objeciones de conciencia e, incluso, deserciones en masa, -a pesar de estar obligados a prestar lo que se denominó Servicio social sustitutorio en el primer caso y a ingresar en la cárcel en el segundo-, motivó la promulgación, años después, de una ley que obligaría a la profesionalización de los neófitos.
Pablo López construye una ficción tan bien ensamblada, tan rica en detalles, con tal conocimiento de la vida cuartelaria y sus entresijos (oficiales o no), que constituye un documento inestimable para conocer ese mundo y, en particular, lo que les ocurría a los chicos que accedían a él, sobre todo a aquellos que habían vivido siempre a sus espaldas. La crueldad, arrogancia y conductas arbitrarias, por un lado, la angustia y  la impotencia, por otro, impulsan la primera mitad de la trama; en la segunda, lealtad, valentía e idealismo añaden una nota positiva al conjunto. Personalmente, he disfrutado acumulando datos que no conocía y  me parece muy meritoria la minuciosidad del relato, pero reconozco que –considerando solo el género novela- la obra, aligerada de tanto detalle, ganaría literariamente y que eso supondría una mayor confianza en la participación de los destinatarios. Pero hay que tener en cuenta que no estamos ante un género puro, que se ha tenido el acierto de recurrir a procedimientos periodísticos, muy adecuados a los fines, pues, aunque se trate de una novela y abunde en elementos novelescos, contiene elementos propios del reportaje, un género que el autor maneja con gran habilidad.
Si tuviese que clasificar esta obra, la situaría en un género híbrido, a medio camino entre ambos. Combinar reportaje de investigación y punto de vista omnisciente es el método óptimo de suministrar gran cantidad de información. Por otra parte, atreverse a combinar géneros en una primera novela supone un riesgo y demuestra una gran audacia. Pero no solo dibuja admirablemente la vida en los cuarteles y el ambiente militar en general, la novela es también el retrato de una época. Con esos elementos, se podía haber construido un trepidante thriller, pero el autor ha ignorado lucrativos cantos de sirena evitando decantarse por un producto comercial que restaría seriedad y hondura a los asuntos que plantea e impediría mostrar con detalle motivos, causas, costumbres y conductas, restando fuerza crítica a la obra, uno de sus puntos fuertes. De este modo, los hechos se muestran tal como pudieron suceder, sin ningún paliativo ni adorno. Su estilo es cuidado, está escrita con vigor y, sobre todo, con  honestidad literaria, algo muy de agradecer en estos tiempos.
Desde el principio se intuye que existe gran cantidad de información oculta bajo las apariencias. El autor se encarga de insinuarnos que lo que muestra no es la realidad, o no toda, pues lo que de verdad ha ocurrido es otra cosa y la naturaleza de eso otro es lo que se dispone a contarnos. Su maniobra es tan sutil que ni siquiera nos percatamos del modo en que lo hace. No hay que olvidar la enorme dosis de intriga que contiene: las últimas cien páginas me las tuve que leer de un tirón, casi sin respirar, y el volumen no llega a cuatrocientas. En cuanto al golpe de efecto final, me ha parecido de lo más pertinente.
Otro gran acierto son los personajes, que podría calificar de redondos. Como es lógico, se encuentran más o menos perfilados según nivel de importancia, pero incluso los secundarios y los que están esbozados con un par de rasgos nada más son claramente identificables. Tan convincente resulta esta construcción de personalidades que, se diría, han sido calcadas una a una de modelos de carne y hueso, un procedimiento que no restaría un ápice de valor a la copia. Y, sin embargo, son retratos que rozan el maniqueísmo, algo connatural a toda narrativa que suscite apasionantes dilemas éticos.
La obra recuerda a La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa por el argumento centrado en la vida militar con la muerte como telón de fondo, así como a A sangre fría de Truman Capote por la mezcla de ficción y periodismo.
Quiero aportar también mi visión más subjetiva. He disfrutado con esta novela lo que no está escrito, escenas emotivas las hay a centenares, pero esa en especial, la que ha conseguido ponerme el nudo en la garganta, no pinta, curiosamente, el dramático acoso que sufre Gabriel Castaño, ni las constantes vejaciones a que es sometido, el momento que, personalmente, más me ha conmovido es aquel en que el abogado de la familia localiza a Ramón, el Toronaga, testigo de los hechos y amigo leal del protagonista. (Pgs. 266, 268).
En el otro extremo, el segmento más flojo es, en mi opinión, el que describe la vida personal del abogado. No aporta nada al relato, distrae de la línea principal y acaba resultando algo tópico.
Nos encontramos ante una primera novela en la que el autor pone a prueba unas herramientas literarias perfectamente adecuadas al argumento; espero leer muy pronto la segunda y no dudo que seguirá experimentando.

PRIMERA EDICIÓN: 2009 – PÁGINAS: 382 - EDICIÓN DEL AUTOR

2 comentarios:

  1. Muchas gracias, Molina. Lo de Capote y Vargas Llosa, ya... ¡qué más quisiera!

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  2. Muchos empezaron fijándose en modelos y acabaron siendo modelos de otros.

    ¡Ánimo! y a escribir.

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